
Descripción
Este edificio del siglo XV lo mandó construir el sultán Muley Hacen para su esposa Aixa cuando la repudió por otra mujer, Isabel de Solís, una joven cautiva cristiana. El nombre árabe significa "Casa de la Señora Honesta", un título que adquirió porque aquí vivió la madre de Boabdil el Chico. Es curioso cómo los muros pueden guardar tanto rencor y tanta dignidad a la vez.
Lo que más me llama la atención al visitar Palacio Dar-al-Horra es su ubicación. Está construido sobre los cimientos de un palacio anterior de los reyes ziríes, en lo alto de la antigua Alcazaba Cadima, el primer núcleo de la Granada árabe. Desde aquí se entiende mejor la topografía del poder en esta ciudad.
La arquitectura sigue los cánones nazaríes, pero en miniatura. El patio central con sus pórticos de tres arcos y la pequeña alberca recuerdan inevitablemente a la Alhambra, aunque todo es más recogido, más doméstico. Los arcos de herradura del lado norte y el alfarje decorado con figuras geométricas conservan esa elegancia matemática del arte andalusí.
Me parece especialmente interesante el mirador de la sala rectangular, desde donde se contempla parte del barrio. Imagino a Aixa asomándose a esas ventanas geminadas, observando la ciudad que su hijo acabaría perdiendo. Las pinturas que se conservan en el techo de la sala baja añaden color a una historia que no fue precisamente luminosa.
Después de la conquista cristiana, el palacio pasó a manos de Don Hernando de Zafra y luego se integró en el monasterio de Santa Isabel la Real. Esta transformación explica la pequeña nave mudéjar que sustituyó una de las crujías originales.
Hoy funciona como Centro de Interpretación y, aunque una audioguía puede ayudar a profundizar en los detalles arquitectónicos, la verdad es que el lugar habla por sí solo. Es uno de esos sitios donde la historia pesa más que la piedra, donde cada rincón evoca los últimos suspiros de un mundo que se desvanecía.
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