
Descripción
El edificio tiene más de mil años. Lo construyó en el siglo XI el visir judío Ibn Nagrela durante el reinado del rey taifas Badis, en lo que entonces era el barrio de Ajsaris. Era uno de los veintiún baños públicos que tenía Granada en su época musulmana, sin contar los lujosos del palacio de Comares. Los hammanes no eran solo lugares de higiene, sino auténticos centros sociales donde se reunían los vecinos del barrio.
Una vez dentro, la distribución sigue el patrón clásico de las termas romanas adaptado al mundo islámico: vestíbulo, sala fría, templada y caliente. La sala templada es la que más impresiona. Es la más grande y está sostenida por diez columnas que son como un museo en sí mismas: capiteles romanos, visigodos, califales y ziríes mezclados sin ningún complejo. Las claraboyas con forma de estrella y octogonales en el techo crean un juego de luces que cambia según la hora del día.
Lo que más me gusta es imaginar cómo funcionaba esto. Los bañistas no se sumergían en agua como en unas termas romanas, sino que se movían progresivamente de la sala fría a la caliente para sudar, y al final se vertía agua templada sobre ellos. Todo el sistema de calefacción por el suelo y las paredes seguía funcionando cuando Felipe II prohibió los baños árabes en el siglo XVI, considerándolos lugares de conspiración morisca.
El Bañuelo casi desaparece. En el siglo XIX estaba prácticamente en ruinas y se usaba como lavadero del barrio. La suerte cambió cuando Leopoldo Torres Balbás lo compró en 1927 con dinero de las entradas de la Alhambra y lo restauró. Desde entonces ha estado abierto al público.
Si decides visitar El Bañuelo, puedes hacerlo con la entrada de Monumentos Andalusíes o incluso existe una audioguía para conocer mejor todos los detalles históricos. Está justo enfrente del puente del Cadí, y desde Plaza Nueva llegas caminando en cinco minutos.
Información adicional
por persona
Precio total de las audioguías




