Roma no es una ciudad que se visita: es una ciudad que te pasa por encima. Más de dos mil años de historia acumulados en cada adoquín, cada arco y cada fuente hacen de la capital italiana un destino que exige tiempo, calma y cierta disposición a perderse. Con dos aeropuertos internacionales —Fiumicino y Ciampino— y una red de metro, autobús y tren bien conectada, llegar al centro es más sencillo de lo que parece. Lo difícil es saber por dónde empezar.
Qué ver en Roma
La lista de monumentos de Roma es, literalmente, interminable. Aquí van los puntos de interés que ningún viajero debería saltarse, junto con algunos que los itinerarios habituales olvidan sin razón.
Castillo de Sant'Angelo
A orillas del Tíber, esta antigua fortaleza fue el refugio de los papas en los momentos más críticos de la historia de Roma, incluido el asedio de 1527. Su perfil circular domina el horizonte desde casi cualquier punto del centro histórico y es uno de los lugares imprescindibles en Roma que combinan arquitectura militar e historia pontificia.
Monumento a Vittorio Emanuele II
Los romanos lo llaman "la tarta nupcial" o "la máquina de escribir" —cariño local, a su manera—. Este gigantesco conjunto en mármol blanco alberga el Museo del Risorgimento y unos ascensores panorámicos desde los que las vistas sobre la ciudad son difíciles de superar. La estatua ecuestre del rey preside una escalinata de proporciones colosales.
Plaza del Campidoglio
Diseñada por Miguel Ángel durante el Renacimiento, esta plaza en la Colina Capitolina es uno de los mejores ejemplos de urbanismo europeo del siglo XVI. Alberga una copia de la célebre Loba Capitolina y la estatua ecuestre de Marco Aurelio, y sirve de antesala a los Museos Capitolinos.
Museos Capitolinos
Situados en el Monte Capitolino, son uno de los complejos museísticos más importantes de toda Roma. Sus colecciones abarcan escultura clásica, pintura y arqueología romana en un conjunto de edificios que en sí mismos ya merecen la visita. Vale la pena reservar al menos dos horas para recorrerlos con calma.
Basílica de San Juan de Letrán
La catedral de Roma por excelencia y la más antigua de las cuatro basílicas mayores de la ciudad. Como sede episcopal del Papa, su peso histórico y simbólico supera incluso al de muchos monumentos más conocidos. Su nave central, imponente y serena a la vez, resulta especialmente impactante fuera de las horas de mayor afluencia.
Basílica de San Pietro in Vincoli
En el barrio de Monti, lejos del barullo del centro, esta basílica guarda uno de los tesoros más inesperados de Roma: el Moisés de Miguel Ángel, parte del conjunto funerario del papa Giulio II. La diferencia de escala entre el espacio y la obra es, en sí misma, una experiencia que cuesta olvidar.
Catacumbas de Roma
Kilómetros de túneles excavados bajo la ciudad que sirvieron como lugar de enterramiento cristiano y judío entre los siglos II y V. Visitar las catacumbas de Roma es adentrarse en la Roma subterránea, la que no aparece en las postales: oscura, silenciosa y extraordinariamente bien preservada en algunos tramos.
Termas de Caracalla
Las segundas termas más grandes que tuvo Roma en su día: baños, gimnasios, bibliotecas y jardines integrados en un complejo de proporciones que todavía impresionan en ruinas. Son un recordatorio de que el ocio en la antigua Roma no era un lujo puntual, sino una institución cotidiana que definía la vida en la ciudad.
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